Pienso en ella y a la mente me vienen millones de recuerdos de cuando era pequeña… se me llenan los ojos de lágrimas pero intento no romper a llorar –otra vez-. Sabía que esto pasaría pero nunca lo llegue a asimilar, como esas cosas que están ahí pero que como no nos gustan no las pensamos demasiado…. Es así, la muerte es así de dura, de difícil…
Mi abuela era una mujer que paso por muchas cosas, sufrió mucho, la guerra civil española marco un antes y un después en su vida –como en la de muchos-. Tuvo que emigrar con sus hijos sola, a un país desconocido y sin noticias de su marido que luchaba por sobrevivir.
Y pasaron los años, fueron cambiando las cosas y entre una cosa y otra mis padres se conocieron, me tuvieron a mi (y a mis hermanas) y ella paso a ser lo que comúnmente se llama “abuela”.
Y me consentía –vaya si me consentía-, me daba cariño, me hacía reír, era estupenda. Todavía recuerdo nuestras partidas de cartas con sus amigas –juego que ahora no recuerdo el nombre- y cuando me quedaba a dormir en su casa y jugaba con el peluche de mi tía Ana –que nunca llegue a conocer pues un tumor acabo con su vida de joven-. Veíamos la tv y en navidades hacíamos hallacas –aunque ella era gaditana aprendió a hacerlas muy bien- y además eso que tanto me gustaba: los roscones con azúcar y los pestiños. Me encantaban esos momentos…
Y luego me hice mayor, y me desligue un poco, como todo adolescente cuando se cree muy “maduro”… Más tarde me tuve que ir, y entre nosotras se pusieron muchos kilómetros de tierra y mar, así que nos veíamos mucho menos. Ella nos visitó en contadas ocasiones durante un par de veranos, durante el último ya estaba mucho más mayor y empezó a enfermar… Un tumor en un pecho y comienzos de Alzheimer –de eso ya hace 2 años más o menos-, todo esto sumado a lo rápido que avanzaba la enfermedad y a lo sumamente caro que son aquí los tratamientos y cuidados a personas mayores, hizo que mis padres decidieran enviarla de regreso a nuestro país.
Otra vez nos volvimos a separar, y esta vez fue para siempre. Ella dejó de recordar, empezó a olvidar y empezó a dejar de ser la persona con la que yo hacía roscones y pestiños en navidad. No he podido volver a verla, y estos últimos meses su enfermedad la fue consumiendo poco a poco, hasta el punto de que esta madrugada ha dejado de respirar…
Y duele, duele MUCHO, porque no estoy allí, no he podido estar allí, no he podido verla y decirle que la quiero y que la echaré tanto de menos, no he podido coger su mano, no he podido darle flores, no he podido decir adiós… Y eso es lo más desagradable que le puede pasar a alguien que tiene su vida compartida en dos continentes, ver como la gente se va y no tienes la oportunidad de despedirte…
Sé que la próxima vez que la “vea” será bajo tierra, al lado de mi abuelo y mi tía, como ella siempre quiso… Pero en mi memoria estará siempre, su recuerdo, su sonrisa, su amor de abuela, todo de ella se queda conmigo, aunque se haya ido para siempre…
Porque no hay mayor verdad que el hecho de que uno valora más lo que tiene cuando ya no está, es cuando nos damos cuenta de los errores, de lo que hemos dejado de hacer o lo que podíamos haber hecho, es cuando vienen las lamentaciones… Pero ya no se puede hacer nada, es ley de vida, nacemos, nos desarrollamos, aprendemos a vivir y morimos, no hay más…
En fin, sólo queda darte las gracias por todo lo que aportaste a mi vida durante estos 23 años de vida, gracias por existir y por ser una luchadora hasta el final.
Te quiero y te querré siempre…
Tu nieta
Anabell.
Navidades 2005










